Dolor, memoria y la manipulación del sufrimiento: no más politiquería con las víctimas

Por Fernando Basto Correa

El fenómeno de los llamados “falsos positivos” representa una de las heridas más profundas de nuestra historia reciente. Entre 2002 y 2008, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) identificó al menos 6.402 víctimas de ejecuciones ilegítimas presentadas como bajas en combate por agentes del Estado. Ese número, publicado en febrero de 2021, no fue un simple dato estadístico: fue el retrato de un dolor real, de madres, padres, hijos y familias destrozadas por una práctica criminal que nunca debió ocurrir.

En junio de 2024, la misma JEP hizo público un listado con 1.932 nombres de víctimas que hacen parte de ese universo provisional. Una muestra del trabajo judicial y forense que continúa en curso, con el propósito de garantizar verdad, justicia y no repetición.

Nadie con sensibilidad humana puede ser indiferente al sufrimiento de las madres de Soacha, mujeres valientes que, desde hace más de quince años, exigen justicia por sus hijos asesinados y presentados falsamente como guerrilleros caídos. Ellas se convirtieron en un símbolo nacional de resistencia civil frente a la mentira y la impunidad. Por eso mismo, su dolor merece respeto. No puede ser convertido —como lamentablemente ha ocurrido— en un instrumento político de manipulación emocional. Cada lágrima que derramaron exige verdad, no espectáculo; exige justicia, no oportunismo; exige reparación, no demagogia.

Quienes defendemos los valores de la derecha democrática creemos en la autoridad, la ley, la defensa de las instituciones y la vida. Precisamente por eso rechazamos toda forma de crimen cometido desde el Estado. La autoridad no se defiende escondiendo los errores: se defiende enfrentándolos con verdad, garantizando que no se repitan y fortaleciendo los controles institucionales. Pero reconocer el dolor no significa permitir que sea usado como arma política.

Durante años, algunos sectores —particularmente del petrismo y la izquierda radical— han convertido esta tragedia en una bandera de agitación electoral, distorsionando los hechos, repitiendo cifras sin contexto y señalando de manera indiscriminada a toda una generación de militares y de colombianos decentes. La JEP misma ha reconocido que la Política de Seguridad Democrática no consignaba en sus textos oficiales un sistema de incentivos por “muertos en combate”. Esa política buscaba recuperar el control territorial, derrotar el terrorismo y proteger la población civil. Los crímenes cometidos al amparo de uniformes no fueron resultado de la política, sino de la perversión de algunos individuos que traicionaron su juramento. Afirmar lo contrario es tan irresponsable como injusto.

Resulta paradójico que quienes se autoproclaman defensores de los derechos humanos guarden silencio frente a otros crímenes atroces cometidos por grupos armados ilegales, o incluso los justifiquen. No hay dolor de primera y de segunda categoría. No puede haber madres buenas y madres malas, según el bando que les tocó sufrir. Usar el dolor selectivamente es una forma de revictimización. Y usarlo para ganar poder político es, además, una forma de corrupción moral. La tragedia de las madres de Soacha debe unirnos en torno a la verdad, no dividirnos en trincheras ideológicas.

La verdadera memoria no se construye desde la venganza ni desde la manipulación del sufrimiento. Se construye desde el compromiso con la verdad, la reparación y la no repetición. Los colombianos decentes —aquellos que creemos en la familia, el trabajo, la justicia y la libertad— debemos exigir que estos hechos no vuelvan a ocurrir. Pero también debemos rechazar la politiquería siniestra que lucra con el dolor ajeno. El país necesita reconciliación, no revancha. Justicia, no espectáculo. Y sobre todo, necesita líderes que sepan reconocer los errores sin destruir la institucionalidad, que sepan honrar el dolor sin convertirlo en discurso electoral.

Recomendación final:
El dolor de las madres de Soacha es un recordatorio permanente de lo que nunca debe repetirse, pero también debe ser una advertencia contra el uso manipulador de la tragedia. Quienes de verdad queremos un país en paz debemos aprender a respetar el duelo y cerrar la puerta a los mercaderes del dolor. La justicia se construye con serenidad, no con odio; con memoria, no con manipulación.

Fuentes consultadas:
Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), Comunicado oficial – Caso 03: Asesinatos y desapariciones forzadas presentados como bajas en combate (18 feb 2021).
El Tiempo, “Más que un número: la JEP publicó 1.932 nombres del universo provisional de 6.402 víctimas de falsos positivos” (28 jun 2024).
Colombiacheck, “6.402 víctimas de falsos positivos no son un mito, aunque no sea un número de expedientes” (11 oct 2022).
Coljuristas.org, “La JEP se contradice al señalar que los falsos positivos no tienen relación con la Política de Seguridad Democrática” (14 feb 2023).