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Abelardo ganó y ahora empieza la prueba más difícil para Colombia

Colombia acaba de cerrar una de las elecciones presidenciales más apretadas de su historia reciente. Abelardo de la Espriella ganó la segunda vuelta frente a Iván Cepeda por un margen estrecho, pero políticamente decisivo. Con el 99,99 % de las mesas informadas en el preconteo, obtuvo 12.959.542 votos, equivalentes al 49,66 %, frente a los 12.708.712 votos de Cepeda, que alcanzó el 48,70 %, según los datos publicados por la Registraduría y reportados por medios nacionales.

Al momento de escribir esta reflexión, el escrutinio avanza ampliamente y las autoridades electorales deberán cerrar formalmente el proceso. Esa precisión es importante, porque una democracia seria no funciona solo con emociones ni con celebraciones, sino con reglas. Pero tampoco se puede negar la realidad política del país: Abelardo ganó, Colombia entró en una nueva etapa y ahora empieza una prueba mucho más difícil que la campaña.

Ganar una elección cerrada es difícil. Gobernar un país dividido, desconfiado, golpeado por la inseguridad y agotado por la polarización será mucho más difícil.

Colombia no votó solo por un candidato

A mi juicio, Colombia no votó simplemente por un nombre. Votó por un cambio de rumbo. Millones de ciudadanos vieron en Abelardo de la Espriella una respuesta fuerte frente al desgaste del gobierno de Gustavo Petro, frente a la inseguridad, la improvisación, la confrontación permanente, la incertidumbre económica y una forma de gobernar que muchas veces pareció más interesada en dividir que en resolver.

Yo apoyé y voté por Abelardo de la Espriella y por José Manuel Restrepo porque considero que Colombia necesitaba corregir el rumbo. Pero apoyar una opción política no significa apagar el criterio. Al contrario, cuando uno apoya un proyecto político también debe exigirle más. Una cosa es celebrar que el país haya frenado la continuidad del petrismo en el poder, y otra muy distinta es creer que el nuevo gobierno recibe un cheque en blanco.

Cuando fui candidato al Senado pude vivir de cerca algo que muchas veces se olvida desde la comodidad de las redes: detrás de cada voto hay confianza, cansancio, esperanza, rabia, miedo y expectativa. La gente no vota solamente por discursos bonitos. La gente vota por lo que siente que está en juego en su vida diaria. Y en esta elección, millones de colombianos sintieron que estaba en juego el futuro del país.

Por eso esta victoria no debe leerse con soberbia. Debe leerse con responsabilidad.

La derrota del petrismo es profunda, pero la izquierda no desapareció

Esta elección representa una derrota política muy fuerte para el petrismo. Negarlo sería absurdo. El gobierno Petro llegó al poder con una promesa de cambio y termina enfrentando en las urnas un rechazo mayoritario, aunque estrecho, a la continuidad de su proyecto político. La inseguridad, la incertidumbre económica, los escándalos, la confrontación institucional y el desgaste de un discurso que prometió transformar el país, pero terminó muchas veces atrapado en la pelea permanente, pesaron en la decisión de millones de ciudadanos.

Pero también sería un error pensar que la izquierda desapareció. Iván Cepeda obtuvo una votación enorme y representa a casi la mitad del país. Eso significa que el petrismo y sus aliados conservan fuerza electoral, narrativa, calle, representación política y capacidad de oposición. Quien crea que esta elección borra de un plumazo a ese sector no está leyendo bien el país.

Abelardo ganó porque interpretó un hartazgo nacional. Pero el hartazgo sirve para ganar elecciones; no necesariamente alcanza para gobernar bien. El antipetrismo puede abrir la puerta del poder, pero no puede convertirse en el único programa de gobierno.

El escrutinio debe respetarse sin alimentar fantasmas

Iván Cepeda ha dicho que su campaña ha presentado miles de reclamaciones durante el escrutinio y ha insistido en que el resultado oficial debe salir de ese proceso. Tiene derecho a hacerlo. En una democracia, las reclamaciones existen precisamente para revisar actas, contrastar datos y corregir eventuales errores.

Pero también hay que decirlo con claridad: presentar reclamaciones no significa haber probado fraude. Impugnar mesas no equivale automáticamente a demostrar que una elección puede cambiar. Hay una diferencia enorme entre ejercer controles legales y sembrar una narrativa de ilegitimidad sin pruebas suficientes.

El país necesita vigilancia, sí. Pero también serenidad. La derecha no debe burlarse del escrutinio ni tratar toda reclamación como un ataque. Y la izquierda no debería convertir cada derrota electoral en una sospecha total contra el sistema. Las reglas democráticas sirven para ganar, para perder y para reclamar. Si solo se aceptan cuando favorecen a mi sector, entonces no estamos defendiendo la democracia, sino usando la democracia como excusa.

El voto se defiende con actas, pruebas y procedimientos, no con incendios emocionales.

Las primeras reacciones muestran el tamaño del desafío

Las primeras reacciones confirman que Abelardo recibe un país emocionado, pero también profundamente tensionado. Sus simpatizantes celebran una victoria que interpretan como el comienzo de una nueva etapa, una recuperación de autoridad y una derrota del proyecto político de Petro. Del otro lado, Iván Cepeda y sectores del Pacto Histórico han insistido en el escrutinio, han anunciado reclamaciones y han cuestionado algunas afirmaciones del discurso de Abelardo.

Uno de los episodios que mejor refleja ese ambiente fue la respuesta de Cepeda a la frase de Abelardo según la cual “el Tigre puede morder más duro”. Cepeda pidió que no hubiera amenazas y respondió que su movimiento representa a una parte muy amplia del país. En su frase más fuerte, afirmó que no los asustan “ni sus rugidos ni sus alaridos”, una expresión que muestra cómo el resultado electoral no cerró la confrontación política, sino que abrió una nueva etapa de disputa narrativa e institucional.

Este punto es clave. En campaña, una frase fuerte puede emocionar a los propios. En gobierno, esa misma frase puede ser leída como amenaza por quienes se sienten derrotados o excluidos. No digo esto para pedir tibieza. Colombia necesita autoridad, y la necesita con urgencia. Pero autoridad no es lo mismo que provocación. Firmeza no es lo mismo que soberbia. Y liderazgo no es simplemente hablar duro, sino saber cuándo una palabra puede ordenar y cuándo puede incendiar.

Después de una campaña dura, el país necesita un presidente, no solamente un vencedor.

José Manuel Restrepo puede ser una señal de equilibrio

Una de las razones por las que voté por esta fórmula fue precisamente la presencia de José Manuel Restrepo. En medio de una campaña cargada de emoción, fuerza discursiva y confrontación política, Colombia necesita también técnica, método y capacidad administrativa.

Restrepo puede ser una señal importante para los sectores productivos, los empresarios, los emprendedores, los mercados y los ciudadanos que quieren cambio, pero no salto al vacío. Su perfil ayuda a equilibrar el tono político y puede aportar seriedad en discusiones económicas, institucionales y de gestión pública.

Eso no significa que todo esté resuelto. Un vicepresidente técnico no reemplaza un gabinete competente ni garantiza por sí solo buenos resultados. Pero sí puede ayudar a recordarle al nuevo gobierno que la emoción gana campañas, mientras la técnica sostiene gobiernos.

Colombia necesita carácter, pero también método. Necesita autoridad, pero también capacidad de ejecución. Necesita corregir el rumbo, pero sin caer en una improvisación de signo contrario.

La mirada internacional también empezó a moverse

Entre las primeras reacciones internacionales llamó la atención la reunión del senador estadounidense Bernie Moreno con Abelardo de la Espriella. Según lo reportado por El Tiempo, hablaron sobre migración ilegal, solicitudes de asilo y la relación entre Colombia y Estados Unidos. Este tipo de señales no son menores, porque la elección colombiana será leída en Washington, en América Latina, en los mercados y en los gobiernos que miran a Colombia como un actor estratégico en seguridad, migración, narcotráfico, energía y estabilidad regional.

Para algunos sectores, ese acercamiento con figuras de Estados Unidos representa una oportunidad para recomponer relaciones y recuperar confianza. Para otros, será motivo de crítica por el tipo de alineamientos internacionales que pueda tener el nuevo gobierno. Por eso Abelardo deberá manejar ese frente con inteligencia. Colombia necesita aliados fuertes, pero también una política exterior seria, soberana y bien pensada.

El nuevo gobierno no solo tendrá que hablarle a sus votantes. Tendrá que hablarle al país y al mundo.

Lo que debería evitar la derecha

La victoria de Abelardo abre una oportunidad enorme, pero también trae riesgos. Una elección tan cerrada exige inteligencia, humildad y sentido de Estado.

La derecha tiene derecho a celebrar, pero si quiere consolidar esta victoria debe demostrar que puede gobernar mejor, no simplemente hablar más fuerte.

  • Creerse invencible. Con una diferencia tan estrecha, la humildad política no es cortesía, es inteligencia.
  • Convertir el triunfo en burla. La mitad del país que votó por Cepeda no desaparece y no puede ser tratada como enemiga interna.
  • Pensar que ser antipetrista basta para gobernar. Colombia necesita seguridad, empleo, inversión, educación, salud, justicia, lucha contra la corrupción y recuperación de autoridad institucional.

No basta con decir que Petro lo hizo mal; ahora toca hacerlo bien.

Lo que debería entender la izquierda

La izquierda tiene derecho a revisar actas, presentar reclamaciones, ejercer oposición y defender sus votos. Eso hace parte de la democracia.

Pero en especial el petrismo debe actuar con responsabilidad: la protesta es legítima, pero ningún liderazgo serio debería alimentar discursos que puedan terminar en presión desbordada, bloqueos o vandalismo.

  • Presentar pruebas y no solo sospechas. Si hay irregularidades, deben documentarse y llevarse a las autoridades competentes.
  • Separar reclamaciones legales de acusaciones políticas. Una cosa es pedir revisión de actas y otra muy distinta afirmar que hubo fraude sin demostrarlo.
  • Evitar llamados que puedan convertirse en presión desbordada en las calles. La movilización ciudadana es legítima, pero no puede terminar justificando bloqueos, agresiones o vandalismo.
  • Aceptar el resultado si el escrutinio confirma la tendencia. La democracia también se prueba cuando toca perder.
  • Ejercer oposición con firmeza, pero sin incendiar la confianza institucional. Colombia necesita control político, no una guerra permanente contra el sistema electoral.
  • Reconocer que casi la mitad del país los respaldó, pero no todo el país. Esa votación les da un papel importante, no un derecho a bloquear la gobernabilidad desde el primer día.

Una oposición fuerte puede ser sana para el país. Una oposición que deslegitima todo desde el primer día, o que juega peligrosamente con la presión de la calle, puede terminar haciéndole daño a la misma democracia que dice defender.

Los desafíos que enfrentará el gobierno de Abelardo

Abelardo no recibe un país sencillo. Recibe una victoria importante, pero también una responsabilidad enorme. El nuevo gobierno tendrá que pasar rápidamente de la emoción electoral a la administración concreta de problemas que no dan espera.

Entre los desafíos más urgentes estarán:

  • Bandas criminales y control territorial: enfrentar estructuras armadas que hoy condicionan la vida de muchas regiones.
  • Narcotráfico: recuperar capacidad de acción frente a economías ilegales que financian violencia, corrupción y captura territorial.
  • Minería ilegal: combatir una actividad que destruye territorios, financia criminalidad y debilita la presencia del Estado.
  • Seguridad ciudadana: devolver tranquilidad en ciudades y municipios donde la gente siente que el delito le ganó espacio a la autoridad.
  • Finanzas públicas: ordenar el gasto, recuperar confianza y evitar que el cambio de gobierno se convierta en improvisación fiscal.
  • Confianza empresarial y emprendimiento: enviar señales claras a quienes producen, invierten, generan empleo y sostienen buena parte de la economía real.
  • Congreso dividido: construir mayorías sin caer en la misma lógica clientelista que tanto daño le ha hecho al país.
  • Sistema de salud: corregir problemas reales sin destruir lo que funciona ni improvisar con la vida de los ciudadanos.
  • Educación y empleo joven: responder a una generación que necesita oportunidades, no solamente discursos.
  • Lucha contra la corrupción: demostrar que el cambio de rumbo también implica más transparencia, más controles y menos politiquería.
  • Relación con Estados Unidos y la región: recomponer alianzas estratégicas sin perder seriedad, soberanía ni criterio propio.
  • Reconciliación institucional: gobernar con firmeza, pero sin convertir la victoria en revancha.

Esta es la verdadera prueba. Abelardo ganó, pero ahora debe demostrar que puede gobernar con firmeza, inteligencia y sentido de Estado. A quienes apoyamos este cambio nos corresponde celebrar, sí, pero también exigir. Exigir grandeza, técnica, prudencia, resultados y responsabilidad histórica.

Porque Colombia no necesita solo un ganador. Necesita un gobierno capaz de recuperar confianza, seguridad, crecimiento y sentido de país.

Reflexión final

La elección ya dejó una señal poderosa. Millones de colombianos votaron por un cambio de rumbo y por una corrección profunda frente al proyecto político que gobernó durante los últimos años. Pero el cambio no se defiende únicamente celebrando una victoria electoral. Se defiende gobernando mejor.

El reto de Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo será demostrar que Colombia puede recuperar autoridad sin caer en abusos, seguridad sin improvisación, crecimiento sin corrupción, técnica sin arrogancia y firmeza sin odio. Esa será la verdadera medida del nuevo gobierno.

A quienes apoyamos este resultado nos corresponde acompañar, vigilar y exigir. No para hacerle oposición temprana al gobierno que respaldamos, sino precisamente porque lo respaldamos. Colombia no puede darse el lujo de reemplazar una frustración por otra.

Abelardo ganó. Ahora empieza la prueba más difícil para Colombia.


Anexo de referencias para verificar