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Colombia retrocede en percepción de corrupción y vuelve al nivel de 2018

Colombia acaba de recibir una señal muy grave en materia de lucha contra la corrupción. Según el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, el país obtuvo en 2025 un puntaje de 37 sobre 100 y cayó al puesto 99 entre 182 países.

Este dato no puede leerse como una simple cifra técnica. Es un mensaje político, ético y público. Colombia está volviendo al punto en el que estaba en 2018, cuando tenía 36 puntos y ocupaba el puesto 99 entre 180 países. Siete años después, y después de discursos, reformas, promesas de cambio y una narrativa permanente contra “los corruptos”, el país vuelve prácticamente al mismo lugar en el ranking mundial.

Evolución de Colombia en el Índice de Percepción de la Corrupción

El CPI, por sus siglas en inglés, es el Corruption Perceptions Index, conocido en español como Índice de Percepción de la Corrupción. Este indicador mide la percepción sobre corrupción en el sector público, con una escala de 0 a 100, donde 0 representa alta corrupción y 100 representa mayor transparencia.

Lo importante es entender que no estamos hablando de una medición menor. Transparencia Internacional lo presenta como uno de los principales indicadores globales sobre percepción de corrupción en el sector público. Para Colombia, el resultado de 2025 no es un accidente aislado, sino una señal de retroceso frente a la tendencia que venía mejorando entre 2018 y 2023.

Colombia venía mejorando, pero volvió a caer

En 2018, Colombia estaba en el puesto 99. Luego empezó una recuperación gradual. En 2019 subió al puesto 96. En 2020 llegó al 92. En 2021 alcanzó el puesto 87. En 2022 cayó ligeramente al 91, pero en 2023 volvió al puesto 87, con el mejor score de este periodo reciente: 40 puntos sobre 100.

Ese 2023 pudo haber sido un punto de partida para consolidar una mejora. Pero ocurrió lo contrario. En 2024 Colombia bajó a 39 puntos y cayó al puesto 92. En 2025 el deterioro fue más fuerte: cayó a 37 puntos y volvió al puesto 99.

La lectura política es inevitable. Gustavo Petro llegó al poder el 7 de agosto de 2022, con un discurso de cambio, moralización pública y lucha frontal contra la corrupción. Sin embargo, durante su gobierno, Colombia pasó de tener 39 puntos en 2022, subir temporalmente a 40 en 2023, caer a 39 en 2024 y terminar en 37 en 2025.

En términos de ranking mundial, el golpe es todavía más claro. El país pasó del puesto 91 en 2022 al puesto 99 en 2025. Y si se compara con 2023, cuando Colombia estaba en el puesto 87, el retroceso es de 12 posiciones en apenas dos años.

Eso significa que el país perdió prácticamente todo el terreno que había ganado desde 2018. Volvimos al mismo puesto de hace seis o siete años. Y eso resulta especialmente grave porque Colombia venía mostrando una tendencia de mejora relativa, no espectacular, pero sí progresiva.

En el ranking mundial, Colombia retrocedió casi seis años

Aquí hay un punto clave: en el score, subir es bueno; en el ranking, bajar el número es bueno. Por eso pasar del puesto 99 al 87 era una mejora. Pero volver del 87 al 99 es un deterioro evidente.

En términos prácticos, el país retrocedió casi seis años en el ranking mundial. El avance que se había logrado entre 2018 y 2023 se perdió en muy poco tiempo. Colombia regresó al mismo puesto global que tenía en 2018, pero ahora en un universo de 182 países evaluados.

Esto no es un simple dato estadístico. Es una alerta sobre la confianza en el Estado, la calidad de la gestión pública y la percepción internacional sobre el comportamiento del poder en Colombia.

El discurso anticorrupción no alcanzó

El gobierno de Gustavo Petro llegó al poder prometiendo un cambio profundo. Se habló de romper con las viejas prácticas, de enfrentar a los corruptos, de moralizar la política y de transformar la relación entre el Estado y la ciudadanía.

Pero los datos muestran una realidad incómoda: en percepción de corrupción, Colombia no mejoró. Por el contrario, terminó retrocediendo.

Y esto golpea con más fuerza precisamente porque el actual gobierno construyó buena parte de su narrativa sobre una supuesta superioridad ética frente a gobiernos anteriores. Sin embargo, una cosa es hacer campaña hablando contra la corrupción, y otra muy distinta es construir instituciones más fuertes, sistemas de contratación más transparentes, controles efectivos, sanciones reales y una cultura pública donde el poder no se use como botín.

El problema de Colombia no es solamente que existan escándalos. El problema es que la corrupción se volvió paisaje. Cada gobierno llega diciendo que va a combatirla, pero casi siempre termina atrapado por los mismos vicios: clientelismo, burocracia, contratos cuestionados, entidades débiles, amigos del poder, operadores políticos y falta de consecuencias reales.

La percepción también importa

Algunos podrían decir que este índice mide percepción y no condenas judiciales. Eso es cierto. Pero en política, la percepción también importa.

La confianza ciudadana, la inversión, la legitimidad del Estado y la credibilidad de las entidades públicas dependen en buena parte de cómo se percibe el comportamiento del sector público. Un país que cae en percepción de corrupción envía un mensaje negativo hacia adentro y hacia afuera.

Además, la percepción no nace de la nada. Se alimenta de escándalos, investigaciones, denuncias, opacidad, mala ejecución, improvisación, nombramientos cuestionados, falta de resultados y sensación de impunidad. Cuando la ciudadanía siente que los discursos no coinciden con los hechos, la confianza se deteriora.

Por eso, el dato de 2025 debe dolerle especialmente a quienes creyeron que este gobierno representaría una ruptura ética. Colombia no solamente cayó dos puntos frente a 2024; también perdió posiciones en el ranking global y regresó al puesto 99.

Una responsabilidad que no puede esconderse

Esto no significa que toda la responsabilidad histórica sea de un solo gobierno. La corrupción en Colombia es estructural, viene de décadas y atraviesa partidos, regiones, entidades y niveles de gobierno.

Pero sí significa que el gobierno actual no puede venderse como una solución ética cuando los resultados muestran deterioro. Mucho menos puede seguir apelando al discurso de “los corruptos son los otros” mientras el país retrocede en los indicadores internacionales.

La lucha contra la corrupción no se gana con discursos, transmisiones en vivo, enemigos imaginarios ni frases de plaza pública. Se gana con transparencia real, contratación abierta, meritocracia, control ciudadano, independencia de los organismos de vigilancia, sanciones efectivas y coherencia entre lo que se promete y lo que se hace.

Colombia necesita dejar de tratar la corrupción como una bandera electoral y empezar a verla como una amenaza directa contra el desarrollo, la seguridad, la inversión, la salud, la educación y la confianza pública. Cada peso mal usado es una oportunidad perdida para resolver problemas reales.

El cambio que prometieron no se ve en los datos

El mensaje final es claro: el gobierno que prometió representar el cambio termina entregando un país peor ubicado en percepción de corrupción que cuando comenzó.

El ranking mundial nos devuelve prácticamente al punto de 2018. Y eso debería prender todas las alarmas. Porque si después de tanto discurso anticorrupción terminamos otra vez en el puesto 99, la pregunta no es solamente qué pasó con la corrupción.

La pregunta es más dura: ¿qué pasó con el cambio que prometieron?

Fuente: Transparency International, Corruption Perceptions Index, Colombia 2018-2025.